sexta-feira, 9 de junho de 2017

En defensa de la Misa Tradicional (primera parte)


San Miguel Arcángel

Muchos que lean esta publicación se preguntaran “¿y qué es la Misa tradicional?”
Hay que reconocer que las nuevas generaciones de católicos nacidos durante o después de la década del 60 (década en la cual se reunió el Concilio Vaticano II) no han asistido nunca a una Santa Misa en su rito tradicional. Es más, incluso desconocen que la misa que se reza habitualmente en la mayoría de las iglesias no es la misma a la que asistieron cuando aún eran niños- sus padres, sus antepasados… y toda la Cristiandad, durante casi 20 siglos.
Este desconocimiento de por sí es perjudicial. Pero es mucho más doloroso todavía que aquellas personas que, por su edad, llegaron a conocer el rito tradicional de la Misa, hoy crean que lo único que ha cambiado en la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana es el idioma en que la Misa se rezaba, pasando del latín al español.
No es así. La Misa de siempre, aquella que la Iglesia Católica Apostólica Romana rezó hasta 1969 no tiene nada que ver con la misa nueva, inventada en la década del 60, que hoy se dice, ya no sobre altares, sino sobre mesas.
Esto de pensar que la Misa tradicional, a la que se da también el nombre de Misa de siempre, es lo mismo que la misa nueva, es un error tan difundido que hasta hay un gran número de sacerdotes de buena fe, que cumplen con sus obligaciones y son piadosos, que realmente lo creen. Veamos un poco la historia de la Misa tradicional para darnos cuenta de las grandes diferencias que hay entre la Misa de siempre y la nueva.

ORIGEN Y DESARROLLO DE LA MISA TRADICIONAL.

Durante los siglos I y II, las palabras con las que Nuestro Señor Jesucristo consagró el pan y el vino en la Ultima Cena antes de su Pasión y su Muerte en la Cruz, fueron rodeadas por una liturgia todavía inicia y que fue —poco a poco—extendiéndose por el Oriente y por el Occidente. Esto lo sabemos por numerosas observaciones y escritos de la época, de San Clemente, San Ignacio, San Justino y Santa Irene. Ya en el siglo IV el rito romano de la Misa estaba plenamente cristalizado: era durante el Pontificado del Papa San Dámaso (años 366-384).
Si bien todas las partes de la Misa se encontraban ya en siglo II, en el siglo IV apareció una herejía consistente en querer “simplificar” la Misa, volviendo exageradamente a formas primitivas. Este tipo de herejía, llamada “arcaísmo o arqueologismo”, Se repitió varias veces más en la historia de la Iglesia, y fue condenada, por última vez, en nuestro siglo, por S.S. el Papa Pío XII en su encíclica Mediator Dei.
También en el siglo IV, una secta de herejes llamados “arríanos” negaron la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo comulgando con la mano. Como otros grupos de herejes, los arríanos ponían de manifiesto un evidente deseo de cambiar la fe modificando la liturgia. Esto es muy grave, ya que si se modifica la oración, también se modifica la creencia.
Siguiendo con la historia, vemos que hasta el Papado de San Gregorio Magno (590-604) no existió un Misal oficial que contuviera los textos propios de cada Misa del año. San Gregorio se ocupó de que fuera redactado un Liber Sacramentorum, esto es, un libro con la liturgia pontifical: puede decirse que en este Misal ya casi se contenía la misma Misa tradicional, tal y como ha llegado hasta nuestros días, pues sólo unas pocas modificaciones más fueron hechas por el Papa San Pío V, quien se encargó de codificar en forma definitiva el Misal Romano, tras el Concilio reunido en la ciudad italiana de Trento.
Por lo tanto, puede asegurarse que la Misa tradicional, o Misa de siempre, que también se llama Misa de San Pío V (por haber sido codificada por este Papa) o Misa tridentina (ya que fue codificada luego del Concilio de Trento) no es otra que la Misa de rito romano tal cual la encontramos en sus partes más importantes durante el siglo IV, y que fue impresa por primera vez en un Misal por San Gregorio Magno. También hay que decir qué las oraciones del ofertorio —que podrían datar de los siglos VII y VIII—, no fueron adoptadas por Roma sino hasta el siglo XI. Sin embargo, el Canon de la Misa que es donde podemos encontrar las palabras de la consagración, aparte de algunos retoques hechos por San Gregorio Magno, alcanzó con el Papa San Gelasio I (492-496) la forma que ha conservado hasta hoy. La única cosa sobre la cual los Papas han insistido siempre desde el siglo V ha sido la importancia de adoptar el Canon de la Misa de rito romano, ya que se remonta nada menos que al mismo Apóstol San Redro, el primer Papa de la historia de la Iglesia Católica, elegido por Nuestro Señor Jesucristo en persona.
En lo que concierne a las otras partes de la Misa, como por ejemplo los propios, se respetó el uso de las iglesias locales.
Desde este momento, la Misa tradicional atravesó la Edad Media sin sufrir cambios importantes, excepto el agregado de algunas oraciones al ofertorio y pequeñísimas variaciones de detalles, sin duda en relación con los usos locales antiguos de las diferentes iglesias. Así las cosas, con la llegada de una nueva época histórica, llamada el Renacimiento, surgió un movimiento denominado naturalismo, que atacó las bases sobrenaturales de nuestra religión católica, y se cometieron algunos errores. Fue durante ese tiempo que un Papa, Clemente VII (que reinó entre los años 1523 y 1534), por querer hacer entrar a la Iglesia en un proceso de adaptación al mundo, aceptó nuevas oraciones donde se invocaban “dioses” mitológicos tales como Baco y Venus. La historia nos demuestra así que hasta un Papa puede equivocarse en el tema de la Santa Misa. Y no por eso deja de ser el Papa.
Decíamos recién que el Papa Clemente VII quería adaptar la Iglesia al mundo. Pues bien: la idea de los obispos del Concilio Vaticano II ha sido la misma que animaba a aquel Papa equivocado, que terminó por aceptar oraciones a falsos dioses. (…)