sábado, 10 de junho de 2017

En defensa de la Misa Tradicional (II) – Lutero contra la Misa católica



Llegamos hasta el año 1521 donde encontramos a uno de los herejes que más atacaron a la Misa y al Papado: el monje alemán Martín Lutero. El Padre Congar (uno de los ideólogos del Concilio Vaticano II) ha dicho de él: “Lutero es uno de los más grandes genios religiosos de toda la historia, yo lo coloco en el mismo plano que San Agustín y Santo Tomás de Aquino o Pascal: En cierta manera es, incluso, más grande”. Esta triste confesión nos demuestra que, si Lutero es tan querido por los hombres del Concilio Vaticano II y la nueva misa, hay algo que anda mal en la Teología de este siglo.
Lutero, evidentemente, no fue ni un santo, ni un genio religioso. Era el hereje que odiaba al Papa y a la Iglesia, y que decía: “la misa católica es la mayor y más horrible de las abominaciones papistas, la cola del dragón del apocalipsis” Todo el odio de Lutero contra la misa católica tradicional se puede resumir en un solo concepto: la Misa se oponía a su concepción de la religión. En la Misa tradicional, el centro es Dios. Por lo tanto, antes que nada, él culto es un homenaje rendido a Dios, y el Sacrificio es el acto por excelencia de este homenaje. Para Lutero, por el contrario, el centro de la religión ya no era Dios, sino el hombre; la finalidad de la religión para él era esclarecer al hombre y -más aún- consolarlo. Y sí esto fuera así, ¿para qué serviría una inmolación hecha a Dios para reconocer su soberano dominio sobre las creaturas? Por esta razón es que Lutero deseaba la abolición del ofertorio. Después del Concilio Vaticano II, en la nueva misa, el ofertorio ha sido suprimido: se ha sustituido el ofertorio tradicional -que tan admirablemente expresaba la noción de sacrificio y de propiciación- y en su lugar se han puesto unas plegarias israelitas extraídas de la Kábala de los judíos, que se limitan a un mero intercambio dé dones entre Dios y el hombre, borrando el sentido de la oblación. Estas plegarias se usan, hoy en día, en las comunidades judías para bendecir los alimentos.
Lutero explicaba esto: “La misa es ofrecida por Dios al hombre y no por el hombre a Dios; ella es la liturgia de la palabra, una comunión y una participación (…) este abominable canon que hace de la misa un Sacrificio. La acción de un sacrificador. Lo miramos como sacramento o como testamento. Llamémosle bendición, Eucaristía, mesa del Señor, Cena del Señor, o Memorial del Señor”.
Quien reflexione sobre lo que decía el hereje Lutero, se dará cuenta que no tiene nada que ver con la teología católica, con lo que la Iglesia siempre creyó y defendió. Llegó al extremo de decir exactamente lo contrario de lo que es la Misa: que en vez de ofrecerla los hombres a Dios, como el acto de culto y religión por excelencia, pretendía que es Dios quien se la ofrece a los hombres. ¡Invertía todo! Lo más trágico es que los sacerdotes de la Iglesia Católica, haciendo caso al Concilio, hoy nos hablan de mesa del Señor, Cena del Señor, etc…, y ¡no rezan el ofertorio como lo quería Lutero!
De hecho, lo que hizo Lutero fue adaptar la Santa Misa católica tradicional a su pensamiento, y para eso trastocó los textos esenciales del Canon y los mantuvo como simples recitaciones de la institución de la Cena. En un momento dado, agregó en la Consagración del pan las palabras “quod pro vobis tradetur” (“que será entregado por vosotros”), y en la consagración del vino suprimió las palabras “Misterium fidei” (“misterio de fe”) y quitó las palabras de Nuestro Señor “pro multis” (“por muchos”). ¡Esto es muy grave! ¡Cambió nada menos que las palabras de Jesucristo! Lutero -además- sustituyó el latín por la lengua de cada país; hizo cambiar el altar, poniendo en su lugar una mesa, mirando al pueblo; permitió distribuir la comunión en la mano; autorizó a que la comunión fuese distribuida por laicos; reemplazó la confesión privada y personal por absoluciones colectivas y dispuso que el nombre de Misa fuese sustituido por el de Eucaristía y Cena.
Preguntémonos una vez más: ¿la nueva misa que nació en 1969 no es demasiado parecida a la que había fabricado él hereje Lutero?

sexta-feira, 9 de junho de 2017

En defensa de la Misa Tradicional (primera parte)


San Miguel Arcángel

Muchos que lean esta publicación se preguntaran “¿y qué es la Misa tradicional?”
Hay que reconocer que las nuevas generaciones de católicos nacidos durante o después de la década del 60 (década en la cual se reunió el Concilio Vaticano II) no han asistido nunca a una Santa Misa en su rito tradicional. Es más, incluso desconocen que la misa que se reza habitualmente en la mayoría de las iglesias no es la misma a la que asistieron cuando aún eran niños- sus padres, sus antepasados… y toda la Cristiandad, durante casi 20 siglos.
Este desconocimiento de por sí es perjudicial. Pero es mucho más doloroso todavía que aquellas personas que, por su edad, llegaron a conocer el rito tradicional de la Misa, hoy crean que lo único que ha cambiado en la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana es el idioma en que la Misa se rezaba, pasando del latín al español.
No es así. La Misa de siempre, aquella que la Iglesia Católica Apostólica Romana rezó hasta 1969 no tiene nada que ver con la misa nueva, inventada en la década del 60, que hoy se dice, ya no sobre altares, sino sobre mesas.
Esto de pensar que la Misa tradicional, a la que se da también el nombre de Misa de siempre, es lo mismo que la misa nueva, es un error tan difundido que hasta hay un gran número de sacerdotes de buena fe, que cumplen con sus obligaciones y son piadosos, que realmente lo creen. Veamos un poco la historia de la Misa tradicional para darnos cuenta de las grandes diferencias que hay entre la Misa de siempre y la nueva.

ORIGEN Y DESARROLLO DE LA MISA TRADICIONAL.

Durante los siglos I y II, las palabras con las que Nuestro Señor Jesucristo consagró el pan y el vino en la Ultima Cena antes de su Pasión y su Muerte en la Cruz, fueron rodeadas por una liturgia todavía inicia y que fue —poco a poco—extendiéndose por el Oriente y por el Occidente. Esto lo sabemos por numerosas observaciones y escritos de la época, de San Clemente, San Ignacio, San Justino y Santa Irene. Ya en el siglo IV el rito romano de la Misa estaba plenamente cristalizado: era durante el Pontificado del Papa San Dámaso (años 366-384).
Si bien todas las partes de la Misa se encontraban ya en siglo II, en el siglo IV apareció una herejía consistente en querer “simplificar” la Misa, volviendo exageradamente a formas primitivas. Este tipo de herejía, llamada “arcaísmo o arqueologismo”, Se repitió varias veces más en la historia de la Iglesia, y fue condenada, por última vez, en nuestro siglo, por S.S. el Papa Pío XII en su encíclica Mediator Dei.
También en el siglo IV, una secta de herejes llamados “arríanos” negaron la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo comulgando con la mano. Como otros grupos de herejes, los arríanos ponían de manifiesto un evidente deseo de cambiar la fe modificando la liturgia. Esto es muy grave, ya que si se modifica la oración, también se modifica la creencia.
Siguiendo con la historia, vemos que hasta el Papado de San Gregorio Magno (590-604) no existió un Misal oficial que contuviera los textos propios de cada Misa del año. San Gregorio se ocupó de que fuera redactado un Liber Sacramentorum, esto es, un libro con la liturgia pontifical: puede decirse que en este Misal ya casi se contenía la misma Misa tradicional, tal y como ha llegado hasta nuestros días, pues sólo unas pocas modificaciones más fueron hechas por el Papa San Pío V, quien se encargó de codificar en forma definitiva el Misal Romano, tras el Concilio reunido en la ciudad italiana de Trento.
Por lo tanto, puede asegurarse que la Misa tradicional, o Misa de siempre, que también se llama Misa de San Pío V (por haber sido codificada por este Papa) o Misa tridentina (ya que fue codificada luego del Concilio de Trento) no es otra que la Misa de rito romano tal cual la encontramos en sus partes más importantes durante el siglo IV, y que fue impresa por primera vez en un Misal por San Gregorio Magno. También hay que decir qué las oraciones del ofertorio —que podrían datar de los siglos VII y VIII—, no fueron adoptadas por Roma sino hasta el siglo XI. Sin embargo, el Canon de la Misa que es donde podemos encontrar las palabras de la consagración, aparte de algunos retoques hechos por San Gregorio Magno, alcanzó con el Papa San Gelasio I (492-496) la forma que ha conservado hasta hoy. La única cosa sobre la cual los Papas han insistido siempre desde el siglo V ha sido la importancia de adoptar el Canon de la Misa de rito romano, ya que se remonta nada menos que al mismo Apóstol San Redro, el primer Papa de la historia de la Iglesia Católica, elegido por Nuestro Señor Jesucristo en persona.
En lo que concierne a las otras partes de la Misa, como por ejemplo los propios, se respetó el uso de las iglesias locales.
Desde este momento, la Misa tradicional atravesó la Edad Media sin sufrir cambios importantes, excepto el agregado de algunas oraciones al ofertorio y pequeñísimas variaciones de detalles, sin duda en relación con los usos locales antiguos de las diferentes iglesias. Así las cosas, con la llegada de una nueva época histórica, llamada el Renacimiento, surgió un movimiento denominado naturalismo, que atacó las bases sobrenaturales de nuestra religión católica, y se cometieron algunos errores. Fue durante ese tiempo que un Papa, Clemente VII (que reinó entre los años 1523 y 1534), por querer hacer entrar a la Iglesia en un proceso de adaptación al mundo, aceptó nuevas oraciones donde se invocaban “dioses” mitológicos tales como Baco y Venus. La historia nos demuestra así que hasta un Papa puede equivocarse en el tema de la Santa Misa. Y no por eso deja de ser el Papa.
Decíamos recién que el Papa Clemente VII quería adaptar la Iglesia al mundo. Pues bien: la idea de los obispos del Concilio Vaticano II ha sido la misma que animaba a aquel Papa equivocado, que terminó por aceptar oraciones a falsos dioses. (…)

sexta-feira, 2 de junho de 2017

"La santidad de la Iglesia", por el E. P. Álvaro Calderón


R. P. Álvaro Calderón

Ante el aumento de la delincuencia entre los jóvenes, los jueces tienden a condenar a los padres, ¿es razonable? Muchas veces sí, pero lo razonable es juzgar siempre en cada caso quiénes y en qué medida son culpables.

Está la responsabilidad de los padres, pero también la del joven, la de la escuela, la de la calle; si padres y escuela hicieron lo posible y el joven se corrompe por lo que encuentra en la calle, la culpa podría tenerla el presidente.
Pero tampoco se puede acusar rápido, pues también hay que juzgar —de arriba para abajo— quién cumplió mal su función, si el presidente o el gobernador, el intendente, la policía o simplemente el vecino deshonesto. Y si la culpa la tiene el presidente, ¿es culpable la patria? Puede que sí, puede que no; no lo sería si el gobernante obró en contra de las leyes y costumbres y del consentimiento general.
Supongamos el caso en que la culpa la tuvo el joven, pero hubo negligencia del gobernador. ¿Quién puede, entonces, pedir perdón? Evidentemente, se perdona a los culpables y no a los que no lo son; y pueden aquellos pedir perdón bajo dos condiciones: mostrar sincero arrepentimiento y ofrecer la debida reparación, pues son metafísicamente incapaces de perdón las malas voluntades.
Pero también pueden pedir perdón —aunque en modo y razón muy diferente— los ofendidos: los padres o el presidente; y lo hacen con más argumento, porque mucho merece ser oído por la patria y por Dios el pedido de perdón de aquellos que han sabido perdonar a sus deudores.
Pero aquí es otra la condición: que sean completamente inocentes, pues bien pueden pedir perdón los meritorios padres que hicieron todo lo que pudieron para dar buenos hijos a la patria, pero no cabe que pida perdón por otros el gobernador negligente cuando tiene su parte que expiar.
Si tanto nos valió la voz que desde la Cruz exclamó: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, fue porque era voz de “un Pontífice como convenía, santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores” (Hebreos 7, 26).
¿Puede la Iglesia pedir perdón por los pecados de sus hijos? Así lo hace cada día desde dos mil años, pero no como ofensora sino como ofendida, no como dolosa sino como dolida, no como culpable sino como inocente y santa Madre. La Iglesia es santa y nunca se puede, en rigor de justicia, atribuirle culpa en los pecados de sus hijos. “La Iglesia verdadera es SANTA —dice el Catecismo de San Pío X— porque santa es su cabeza invisible, que es Jesucristo, santos muchos de sus miembros, santas su Fe, su Ley, sus Sacramentos y, fuera de ella, no hay ni puede haber verdadera santidad”.
Nunca pudo nadie acusar a Cristo del menor pecado; dos mil años de historia han mostrado la santidad de la doctrina y de las leyes en que fundó su Iglesia; multitudes de santos manifiestan que los impulsos de gracia que comunican los Sacramentos llevan a la más perfecta vida. Si un rey cristiano o un Papa cometió pecados, salta a la vista de un juez honrado que lo hizo en contra de los mandatos, ejemplos e influencias de la santa Institución a la que pertenecen. Y nunca podrá acusarse a su Cabeza de negligencia en el gobierno, pues para cada enfermedad de herejías o pecados que haya podido invadir la Iglesia, Nuestro Señor ha sabido despertar los anticuerpos necesarios.
Pretender que la Iglesia pida perdón al mundo como haciéndose cargo de la culpa de sus hijos, es cometer la más aberrante de las injusticias; es desconocer la santidad de la Iglesia y blasfemar contra la santidad de Dios, que en persona del Verbo es su cabeza y en el Espíritu Santo su corazón.
De allí que el acto por el que el Papa anterior, en pretendido nombre de la Iglesia, pidió público perdón como de propias culpas, queda como el mayor ultraje jamás recibido por nuestra Santa Madre, que clama al Cielo reparación. ¿Lo impulsó el rencor de los hijos liberales, castigados mil veces por su buena Madre? O quizás la intención de evitar que la Iglesia sea crucificada, prefiriendo entonces —como Pilatos— ofrecerla al mundo humillada por una autoflagelación: Ecce Mulier.
Pero también está la grosera materialidad del pensamiento moderno que, intoxicada de nominalismo, vomita las distinciones y formalidades de los escolásticos; y atribuye o niega, según convenga, lo de la parte al todo y lo del todo a la parte.
Si la parte peca, el todo debe hacerse cargo; y así tenemos la Iglesia o la sociedad culpable de todo lo que hicieron sus miembros criminales; pero no hay que asustarse tanto de cargar con estas responsabilidades, porque ahora se puede pedir perdón sin arrepentimiento ni reparación.
No deja de ser lógico, porque si de todo son culpables todos, al fin la culpa no la tiene nadie o… si bien se piensa… la culpa la tiene Dios.

domingo, 28 de maio de 2017

Já à venda "Do Papa herético e outros opúsculos"



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sábado, 20 de maio de 2017

As orelhas de "Do Papa Herético e outros opúsculos", de Carlos Nougué


À guisa de apresentação

Carlos Nougué

Pretender-se tomista, como nos pretendemos, na segunda metade do século XX ou no XXI implica tropeçar numa série de escolhos. Antes de tudo, os próprios desvios ou inflexões que o tomismo veio sofrendo ao longo de sete séculos. Entenda-se bem: não passa por nossa mente o não reconhecer os tomistas de todos os tempos como verdadeiros baluartes da doutrina que a Igreja fez sua, contra os ataques permanentes do scotismo, do nominalismo, da “filosofia” moderna e sua “reinvenção do mundo”, da “ciência” moderna e seu desprezo da filosofia (como se ciência e filosofia não fossem o mesmo) e das causas aristotélicas (sem cujo conhecimento não há ciência proprie dicta), e, por fim, da impiedade do ateísmo. Mas tampouco se pode negar que, sitiados constantemente, os tomistas foram progressivamente cedendo terreno aos adversários, assumindo, primeiro, algo de sua mesma terminologia e admitindo, depois, algumas de suas mesmas conclusões. Em alguns pontos, como o das relações entre o poder temporal e o espiritual, tal admissão foi muito grande, e teve consequências dramáticas no que restava de Cristandade. Em outros, porém, beirou-se a desfiguração metafísica, como com a supressão ou esquecimento da distinção entre ser e existência. É verdade que, após a determinação de Leão XIII e de São Pio X de que se voltasse ao tomismo, teve início um processo, ainda que muito desigual, de efetiva recuperação da doutrina, do qual é exemplo maior o De analogia de Santiago Ramírez O.P. Mas tal processo foi abruptamente interrompido pelo Vaticano II: a partir deste, as referências do magistério a Tomás de Aquino já não se fizeram por sua doutrina, mas por suas qualidades de estudioso e de santo, e abriram-se as portas da Igreja, de par em par, para Descartes, para Kant, para Hegel. Parecia o fim do tomismo como teologia sagrada, e do aristotelismo-tomismo na filosofia. Mas tais escolhos, aparentemente intransponíveis a quem, repita-se, se queira hoje tomista, malformado que é segundo aquela sucessão de inflexões, de concessões, de traições, apresentam todavia outra face. Com efeito, se se recebeu graça suficiente para ver a crise em que estamos submersos e para resistir a ela, o que se queira tomista estará à margem; e nesta margem, ou seja, já sem compromissos em razão dos quais ceder terreno aos sitiantes, pode não só empreender o retorno à doutrina íntegra de S. Tomás, mas, fundado firmemente nela, sistematizá-la filosoficamente, refazê-la nos pontos filosóficos caducos (como na Cosmologia), arrostar e solucionar os mais agudos problemas teológicos da atualidade. É a obra do sacerdote argentino Álvaro Calderón. De nossa parte, não fazemos senão tentar seguir-lhe o exemplo e superar nosso mesmo passado de inflexões do tomismo. Estes opúsculos são pois um novo passo neste caminho, e uma como preparação para o que julgamos ser nosso ponto de amadurecimento: as obras Do Verbo Cordial ao Verbo Vocal – o Tratado dos Universais e Das Artes do Belo, as quais, se Deus quiser, se publicarão algo proximamente. 

Do mesmo autor:
Suma Gramatical da Língua Portuguesa (São Paulo, É Realizações, 2015, 2.ª ed. revista 2017, 608 pp.);
Estudos Tomistas – Opúsculos (Formosa, Edições Santo Tomás, 2016, 192 pp.);
Da Necessidade da Física Geral Aristotélico-Tomista (São Paulo, É Realizações, por publicar-se como estudo introdutório da tradução do Comentário de Santo Tomás à Física de Aristóteles);
Do Verbo Cordial ao Verbo Vocal – o Tratado dos Universais (São Paulo, É Realizações, por publicar-se);
Das Artes do Belo (São Luís/Formosa, Resistência Cultural/Edições Santo Tomás, por publicar-se).

"Do Papa Herético e outros opúsculos", de Carlos Nougué



terça-feira, 16 de maio de 2017

O Rabbi Mayer Schiller, judeu americano, fala do escândalo da perda da fé a partir do Vaticano II e diz que se deve levar Fátima a sério.


EL PROTESTANTISMO EN EL CORAZÓN DE LA SUBVERSIÓN MODERNA


Editorial de Le Sel de la Terre nº 99, invierno 2016-2017
(Traducción por F.I. Aqui)


Puede parecer que el protestantismo sea cosa del pasado. ¿Vale la pena entonces que se insista sobre él en tiempos en que ideologías mucho más avanzadas devastan el mundo contemporáneo? En realidad, esta insistencia proviene de los papas. Durante más de un siglo ellos repitieron sin pausa que la Revolución es hija del protestantismo. Monseñor Delassus se hizo eco de ello al designar a la pseudo-Reforma como una etapa capital de la conjuración anticristiana[1]. Y el simple buen sentido comprueba con facilidad que el protestantismo fue quien expandió por todo el mundo cristiano el virus del liberalismo, que es el corazón de la Revolución.                                  
El juicio de los papas

domingo, 14 de maio de 2017

Cursos online ministrados pelo filósofo e professor tomista Carlos Nougué


As inscrições podem ser feitas a qualquer tempo.

Cursos disponíveis:

• Por uma Filosofia Tomista
História da Música Erudita Ocidental (religiosa e profana)
O Melhor Regime Político segundo Santo Tomás (e o atual momento brasileiro)
• A Existência de Deus e a Criação do Mundo – segundo Santo Tomás de Aquino

Mais informações e inscrições

Para Bem Escrever na Língua Portuguesa

Mais informações e inscrições


sexta-feira, 14 de abril de 2017

Não há demonstração “quia” da existência dos anjos


Carlos Nougué

Por muito tempo repeti que não haveria por que duvidar que os astros influem, de algum modo, sobre os corpos no mundo sublunar. Hoje porém não hesito: não influem mais do que o fazem entre si os mesmos corpos na terra, ou seja, não com a necessidade decorrente do sistema cosmológico antigo, em especial o aristotélico-tomista, que caducou quase de todo. Com efeito, caducaram não só as esferas celestes, mas ainda o papel dos astros com respeito às formas terrestres (conquanto seja inegável que sem o sol não haveria vida na terra). Não só isso, todavia: caducaram em consequência as substâncias separadas ou anjos segundo as punha Aristóteles, ou seja, como motores das esferas celestes; o que de certo modo reafirmava Santo Tomás de Aquino, por exemplo, na estupenda Questão Disputada sobre as Criaturas Espirituais (que a É Realizações publicará proximamente).
Mas esses eram os únicos efeitos necessários causados pelos anjos que poderiam estar sob nossa observação. Como pois em verdade, como o sabemos hoje, não se dão tais efeitos, então não se pode ter demonstração quia da existência dos anjos, como se tem todavia de que Deus é. Insista-se. Com efeito, como põe Tomás de Aquino no Comentário aos Analíticos Posteriores, não se pode conhecer a quididade das substâncias separadas, ou seja, Deus e os anjos, mas pode conhecer-se se são (an sint), o que não são (quid non sunt), e algo quiditativo seu segundo a similitude (analógica) que encontramos nas coisas inferiores, porque, com efeito, “unumquodque agens agit sibi simile” (cf. Summa Theol., I, q. 25, a. 3; q. 110, a. 2; q. 113, a. 1; etc.). Mas vimos já que não há efeitos naturais necessários de ação angélica que possam cair sob nossa observação, razão por que não se pode conhecer rationabiliter que são, o que é o mesmo que dizer que não pode dar-se demonstração quia de que são: tão somente de Deus, entre as substâncias separadas, pode demonstrar-se que é, pelos efeitos de sua ação criadora.
Resta pois que só conhecemos a existência dos anjos e algo seu a partir de princípios da fé. Mas, se os princípios da fé não se captam pelo intelecto nem se alcançam por demonstração, são porém certíssimos segundo a autoridade de quem no-los revela. E por isso se pode dizer, com Santo Tomás, que uma velhinha camponesa com fé sabe em verdade mais que qualquer filósofo pagão. 

sexta-feira, 7 de abril de 2017

Se a Guerra do Iraque foi uma guerra justa


Carlos Nougué

Resumamos a doutrina de Santo Tomás de Aquino a respeito da guerra justa. Segundo ele, para que uma guerra seja justa, é preciso que se cumpram as seguintes precondições:
1) Que a causa que a move seja justa. Assim, não é justo fazer guerra para impor uma fé, como fazem os muçulmanos; mas é justo mover uma guerra para permitir o exercício da fé verdadeira ou católica, como fizeram os cruzados.
2) Deve ser reta a intenção de quem faz a guerra, ou seja, deve-se ter a intenção de fazer com que retorne a justa paz e a verdadeira ordem.
3) A guerra deve ter possibilidade de êxito, sob pena de nem ser guerra, mas mera sedição, revolta, etc. Foi o que fizeram os essênios ao revoltar-se contra o Império Romano, sem a menor possibilidade de vitória.
4) Mais que isso, porém: ainda que movido por uma justa causa e intenção, e com possibilidade de vitória, aquele que guerreia não tem o direito de usar de mentiras. Naturalmente, não deve revelar seus planos táticos ao inimigo. Mas uma coisa é não revelá-los; outra é mentir, que é pecado em qualquer situação. Assim, o estratagema mentiroso de Pearl Harbor já condena os EUA por abuso do direito de guerra.
Mas consideremos, agora, a Guerra do Iraque.
1) Era justa a causa da guerra ao Iraque? Ainda que demos (mas sem conceder) que, sim, era justa, por tratar-se de impedir novos ataques como o levado a efeito contra as torres gêmeas, não o era por outro ângulo: o impor o regime democrático-liberal. Isto é guerrear para impor uma espécie de fé ― e fé falsa.
2) Tinha Bush intenção reta ao mover a guerra? Embora seja quase infantil acreditar que não fosse movido sobretudo por interesses econômicos, demos outra vez (novamente sem conceder) que não se movia por tais interesses.
3) Tinham os EUA possibilidade de vitória? Sim, é claro.
4) Mas é óbvio que tais “dares” se dissipam ao considerar-se que, em verdade, o alegado e propalado móvel da guerra era já uma grande mentira: a fabricação pelo Iraque de armas químicas. (Afora o fato de nunca, até hoje, ter havido provas efetivas de ligação direta entre Bin Laden e Saddam Hussein.) Isto, de per si, por ser mentirosa a própria razão alegada da guerra, já a torna injusta.
5) Ademais, não sabiam os EUA que a situação interna do Iraque se tornaria pior, sem paz nem ordem, com a queda do presidente daquele país? Quem não sabia que, se Saddam não tivesse sido duro para conter a guerra fratricida das facções islâmicas rivais, incluindo os sanguinários curdos, o Iraque já seria sob Saddam o que é hoje sob os americanos: um território banhado de sangue pelo fanatismo?
6) Mas, como se disse, se não interesses econômicos petrolíferos, pelo menos moveu os EUA a atacar o Iraque a tentativa de impor o credo liberal-democrático. E isso também torna injusta a guerra em questão, porque não era intenção de Bush reinstaurar ali a ordem e paz. Estas, por certo aspecto, já se davam sob o governo de Saddam; ao passo que, como se pode ver perfeitamente hoje, o estado de coisas depois da guerra e do justiçamento de Saddam seria previsivelmente pior que o anterior. Tampouco, portanto, foi justa a guerra no Iraque por este ângulo: intenção não reta, e ao menos grande probabilidade de um estado pior que o anterior. 
7) Além disso, pensemos: o regime de Saddam era o único regime islâmico que dava razoável liberdade à Igreja (havia até um ministro católico). E quem é o principal aliado dos EUA no mundo árabe? A monstruosa Arábia Saudita, lugar de grande perseguição dos católicos.
8) Ademais, não sejamos ingênuos: tanto Saddam como Bin Laden eram agentes dos serviços secretos norte-americanos. Depois, naturalmente, os EUA perderam o controle sobre eles. Sucedeu algo semelhante ao ocorrido no Irã: para derrubar o xá Reza Parlevi, que estava montando a maior frota do Golfo Pérsico, os serviços secretos britânicos estimularam sua derrubada pelo movimento xiita. Depois, é claro, perderam o controle sobre os aiatolás; mas foram a causa primeira da ascensão destes.
9) Nada de surpreendente, se pensarmos que foram os ingleses, mediante Lawrence da Arábia, quem forjou os estados nacionais daqueles beduínos do deserto que constituíam grande parte do povo islâmico; e o fizeram para derrotar seus inimigos na Primeira Guerra Mundial, ainda que à custa da islamização de boa parte da terra.
10) Mas não nos esqueçamos, sobretudo, de que foram os EUA quem pressionou a União Européia a incluir a islâmica Turquia (que sempre fora considerada da Ásia Menor); e, especialmente, quem fez de tudo para que os países europeus aceitassem a entrada maciça de imigrantes muçulmanos. Por quê? Será preciso repetir o óbvio? Para acabar com o que restava de Cristandade. (Aliás, já a Primeira Guerra Mundial não se dera, essencialmente, para acabar com o que já então era o único império católico, o Austro-Húngaro? E a revolução bolchevique também não ocorrera para acabar com o Império czarista, não católico, é verdade, cismático, é verdade, cesaripapista, é verdade, mas ao fim e ao cabo cristão aos olhos do inimigo? E não ocorrera a sanguinária revolução francesa para acabar não só com a monarquia, mas sobretudo com a Igreja Católica e sua união com os poderes temporais? E assim sucessivamente para trás.)
Ou seja, a Guerra do Iraque não foi uma guerra justa.
E lembremo-nos: ou se está sob a bandeira de Cristo Rei e sua Igreja, ou se está sob o pavilhão de Satanás. Tertium non datur: não há terceira possibilidade.


P.S.: Tampouco pode o vencedor de uma guerra castigar o derrotado em proporção maior que a de sua agressão. No máximo o olho por olho, dente por dente. Ora, a bomba atômica sobre Hiroshima e Nagasaki era imensamente desproporcional ao dano causado pelo derrotado (que, aliás, já estava realmente derrotado quando sofreu o holocausto nuclear): a bomba atômica não mata apenas inimigos; mata parte da natureza humana, degenera-a ao longo de gerações. Crime inominável, que clama ao céu por vingança. E crime cometido contra as duas únicas cidades japonesas com catedrais católicas; cidades compostas também de considerável população de xintoístas convertidos ao catolicismo.

sábado, 1 de abril de 2017

"Liberalismo e socialismo", por Daniel Scherer


            À primeira vista, não há nada aparentemente mais diferente do que um liberal econômico e um socialista. A oposição enfadonha entre mercado e Estado parece pô-los a léguas de distância um do outro. O laissez-faire e o Welfare parecem contrapor-se como veneno e antídoto, embora as fileiras de combatentes divirjam quanto a quem cabe cada uma dessas designações.
            No entanto, é ainda o “liberalismo fundamental”[1] que subjaz a essas duas ideologias. Ambos os grupos almejam organizar a sociedade de modo puramente imanente, seja pelo mercado, seja pelo Estado, seja por um conúbio escuso de ambos; tentam criar ordem sem apelar a um Summum Bonum transcendente. Daí que Carlos Nougué observe: “O liberalismo e o comunismo brotam de um mesmo non serviam, de uma mesma revolta contra Deus, e ambos carecem de uma correta compreensão do que é o homem, seus produtos e seus fins”[2].
            Isso explica, por exemplo, o persistente insucesso dos liberais brasileiros no combate às doutrinas socialistas em nossas plagas. Nossos liberais julgam que, demonstrada a superioridade – quanto à eficiência econômica – do mercado livre sobre a economia estatizada e o intervencionismo, deram cabo do adversário, o qual, no entanto, e frequentemente para seu espanto, não para de crescer. Atesta Lindenberg:

Os neoliberais estão convictos de que comunistas, socialistas e progressistas são na sua maioria idealistas, honestos, e bem intencionados, mas que ao mesmo tempo estão desinformados e mal orientados. Acreditam por isso, que a difusão em massa de publicações, embora não pretendendo ser polêmica constitui uma evidência cabal das vantagens dos sistemas de mercado e é, por si só, suficiente para levar os ditos grupos a rever suas posições. Acreditam ainda que esses esquerdistas, pertencentes a diferentes faixas de opinião, são essencialmente pragmáticos e, assim sendo, o conceito socialista terá perdido a sua capacidade de atração, em especial após o colapso da União Soviética[3].

Esse equívoco, contudo, deriva menos do pragmatismo utilitarista típico dos liberais – que amiúde os torna cegos, segundo se diz, a considerações mais elevadas e decisivas, como as de ordem moral-religiosa – do que de uma concordância substantiva quanto a esses pontos. Os liberais reprovam nos comunistas apenas o estatismo, porque, quanto ao mais, estão de acordo. Corção é implacável:

Eu ouso dizer que o comunismo é o coroamento do liberalismo, e que em nenhum outro regime o homem é mais desoladamente individual, porque suas relações sociais têm apenas o sentido de cooperação. A relação entre indivíduo e sociedade, tanto no liberalismo como no comunismo, é de ordem puramente material; a relação entre a pessoa e a sociedade compreende também o aspecto material mas subordina-o a um primado do espírito pelo qual o bem comum é homogêneo com a perfeição da pessoa[4].

O próprio Marx, não custa lembrar, afirmava que “a burguesia desempenhou na história um papel extremamente revolucionário”[5]. Marx sabia que a revolução que ele tanto almejava já fora iniciada pela burguesia. Apenas, uma vez conquistado o poder, o burguês, com o perdão do chiste, “aburguesara-se”; perdera o ímpeto dinamizador de outrora. O que Marx denuncia no burguês é a deserção; reprime-o como a um companheiro de luta que mudou de lado, ou no mínimo largou as armas quando encontrou um bunker confortável.

quarta-feira, 29 de março de 2017

Surpresa: o mestre de Putin é Soljenítsin



La verità, 29 de setembro de 2016,
by Libertà e persona, Itália
Tradução: Gederson Falcometa

A sua face não será tranquilizante, e alguém recordará talvez o rosto impassível e glacial do pugilista russo Ivan Drago que desafia Silverter Stallone em Rocky IV.
Embora Vladimir Putin seja há algum tempo o estadista mais longevo e incisivo no mundo. Pegou entre as mãos uma ex-potência à deriva e a recolocou no centro do cenário internacional. Ao ponto de hoje voltarmos a uma espécie de guerra fria entre EUA e Rússia, apesar de a Rússia hodierna ser verdadeiramente menor do que a URSS de 30 anos atrás.
Ainda em 1998, poucos anos depois da presidência Yeltsin, o país vivia uma crise humana e financeira devastadora e estava à beira do default.
Mas de onde vem Vladimir Putin? O seu passado na KGB é recordado muitas vezes e voluntariamente, mas ninguém, ou quase, parece ao contrário interessado em contar outro fato: que o mestre de Putin foi ninguém mais ninguém menos que o Prêmio Nobel da paz Aleksandr Solženicyn. Sim, o autor de Arquipélago Gulag, aquele que por décadas desafiou o regime comunista, depois de ter experimentado a dureza dos campos de concentração, foi o homem que talvez tenha mais influenciado a visão de mundo do atual presidente russo.
É Ljudmila Saraskina, em uma monumental biografia de 1.432 páginas com o título de Solženicyn, quem conta os “frequentes, estreitos mas nem sempre públicos” encontros entre Solženicyn – o grande velho, o herói do povo russo inimigo do comunismo, mas desiludido com os novos políticos “democráticos” – e o jovem homem que parecia destinado, como tantos outros, a ser um meteoro, com muitos inimigos, em um país em decomposição.
O primeiro encontro acontece em 20 de setembro de 2000 em Troitse-Lykovo: são os cônjuges Putin os que vão em visita à casa do escritor. No dia seguinte Solženicyn, no programa Vesti, declara ter conhecido um homem de inteligência vivaz e pronta, “preocupado com o destino da Rússia e não com o poder pessoal”. O ex-agente da KGB em visita a uma ex-vítima da KGB! A notícia ocupa por muito tempo os jornais russos, que deveram voltar frequentemente ao tema, visto que os dois continuaram a ver-se por anos, algumas vezes publicamente, algumas vezes de modo reservado, para evitar as polêmicas dos adversários.
O que ensina Solženicyn ao seu jovem admirador? Essencialmente três coisas: que é preciso frear a catástrofe demográfica, que faz a Rússia perder cerca de 1 milhão de pessoas por ano e que é filha do niilismo comunista, mas também do ocidental; que precisa rever as privatizações selvagens realizadas na época de Yeltsin, e geridas para vantagem de poucos e em detrimento do povo; que era necessário impedir que a passagem do comunismo à democracia liberal assinalasse a morte definitiva da alma religiosa russa, transportando o país do materialismo comunista ao consumismo materialista ocidental.
Dissidente anticomunista, Solženicyn aprendeu que coisa significa a verdadeira e própria ditadura, com suas lisonjas (a neolíngua mentirosa, que transforma a essência das coisas), e com sua incrível dureza (os gulags, a pena de morte...).
Nos seus anos nos EUA, ao contrário, convenceu-se da existência de outra forma de ditadura, mais suave mas igualmente mortal, aquela do pensamento único imposto pela “tribo instruída”, dos maître à penser das televisões e dos jornais “livres”. São eles, em um país que aparece ao escritor russo “desagregado” moralmente, espiritualmente “insano”, os que decidem que coisa a gente deve ler e pensar, gerando um conformismo asfixiante e muito similar ao imposto na União Soviética pelo comunismo.
Putin escutou o que Solženicyn lhe disse, sobre o país e sobre os EUA, e fará aquilo que lhe foi sugerido: limitando o recurso ao aborto e defendendo a família; marginalizando os oligarcas e restituindo ao Estado e aos russos os seus bens nacionais; religando o seu país às tradições religiosas combatidas pelo comunismo e também, de outro modo, pelo Ocidente.
Quanto à política externa, para entender a posição do Putin de hoje, talvez seja preciso, ainda uma vez, recordar o que pensava o seu venerado mestre, quando, na primavera de 1999, comentando os bombardeamentos debaixo do tapete da administração Clinton sobre a Sérvia, declarava: “Não é necessário iludir-se de que a América e a Nato tenham como escopo a defesa dos kosovares... A coisa mais espantosa é que a Nato nos introduziu em uma nova época... quem é mais forte esmaga”.
Em 2008, ano da sua morte, Solženicyn declarou: “Implantar a democracia em todo o planeta. Implantar! E de fato começaram a implantar. Primeiro na Bósnia. Com um banho de sangue... Um grande sucesso, no Iraque! Um grande sucesso da democracia. Agora a quem tocará? Quem será o próximo? Talvez o Irã?... Não vale um denário a democracia alcançada com as baionetas; há dez anos estão desenvolvendo o seu plano despudorado, cuja substância consiste em impor em todo mundo a assim chamada democracia ao modo americano”.
Eis de onde provém, ao menos em parte, a aversão de Putin à guerra na Líbia (país que, se se ouve a qualquer um, estava sendo “libertado” do tirano), a sua política na Síria, a sua simpatia por Trump (orgulhoso desmobilizador da Nato), e a aversão por Hillary Clinton, a mulher que votou sim a todas as guerras para “implantar” a democracia.
Quem jamais teria dito que o homem que desafiou a URSS, que acordou o Ocidente para a existência dos gulags, colocando em crise o comunismo internacional, se tornaria depois o conselheiro, político e espiritual, do homem que hoje contende com os EUA pelo primado na política externa mundial, e que ao mesmo tempo se contrapõe também no terreno ideal da religião, da família, dos assim chamados direitos civis, das políticas abortistas e pró-LGBTs de Obama e da Clinton?
Um intelectual no poder, então, ainda depois de sua morte? Assim escreveram muitas vezes os jornais russos, naqueles anos, comparando a relação entre Solženicyn e Putin àquela entre Nicolau I e Aleksandr Puškin. Certamente Solženicyn teria dito não: homem cultíssimo, considerava-se, porém, um filho do povo russo. Considerava os intelectuais um desastre: propugnadores do comunismo, no Oriente, corruptores da liberdade e da verdade, no Ocidente.

quinta-feira, 23 de março de 2017

Novo livro de Carlos Nougué : “Do Verbo Cordial ao Verbo Vocal – O Tratado dos Universais”


Carlos Nougué

Do Verbo Cordial ao Verbo Vocal:
O Tratado dos Universais


Sumário

• Proêmio
• A querela dos universais
• A universalidade das intenções lógicas
• Os predicáveis
• Os unívocos
• As categorias
• Os análogos
§ Os transcendentais
• Os pós-predicamentos
• A Linguagem e a Escrita
• Morfologia e Semântica
• Geração e corrupção das palavras

Número de páginas: cerca de 500.
Data prevista de lançamento: dezembro de 2017.
Editora: É Realizações.

Justificação: não é possível que se dê a verdadeira arte-ciência da Lógica sem que se funde numa língua cultivada. Pois bem, lançada a Suma Gramatical da Língua Portuguesa, posso agora lançar Do Verbo Cordial ao Verbo Vocal – O Tratado dos Universais, o primeiro dos tratados lógicos, concernente à primeira operação do intelecto. O livro já está em fase de retoques finais. – Desse modo, terei publicados em 2017 três novos livros: este; Do Papa Herético e outros opúsculos, de cerca de 450 páginas; e Das Artes do Belo, de cerca de 700 páginas; além de “Da Necessidade da Física Geral Aristotélico-Tomista”, estudo introdutório (de cerca de 100 páginas) à minha tradução do Comentário à Física de Aristóteles por Santo Tomás de Aquino (editora: É Realizações).  – Tenha-se certeza de que tudo isso implica para mim um esforço hercúleo, ao qual não me entrego senão porque estou convicto da necessidade destas obras: se o mundo tem alguma salvação, esta não se dará sem o tomismo.

Em tempo 1: vai para seus últimos dias a campanha pela publicação de Do Papa Herético e outros opúsculos (http://edicoes.santotomas.com.br/). Ao que se interessar pela obra, sugiro que participe da campanha para beneficiar-se do preço de R$ 50,00, o qual se elevará a partir do lançamento.
Em tempo 2: saiu a segunda edição revista da Suma Gramatical da Língua Portuguesa (vide aqui). A primeira, de 5.000 exemplares, esgotou-se em um ano e três meses. E a obra tem tido de fato acolhida muito favorável (vide, por exemplo, aqui).