quinta-feira, 13 de março de 2014

Recortes Humanistas


C. N.

I

Cuando quieren mostrarse tomistas de la más pura ortodoxia, los humanistas integrales al estilo de Jacques Maritain se aplican a recortar y pegar la obra de Santo Tomás, de las Escrituras y del magisterio de la Iglesia con ahínco y arte… nos corregimos: siempre con ahínco, pero no siempre con arte, porque con frecuencia es muy fácil deshacer lo pegado y exhibir el recorte.
He aquí un ejemplo clásico (y que verdaderamente sorprende por su longevo vigor):  el uso y abuso del pasaje de Santo Tomás de la Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 10 (“Si pueden los infieles tener gobierno [praelationem] y dominio sobre los fieles”), donde se lee: “Ius divinum, quod est ex gratia, non tollit ius humanum, quod est ex naturali ratione” (El derecho divino, que viene de la gracia, no suprime el derecho humano, que viene de la razón natural). Veamos lo que dice, con respecto a este pasaje, Charles Journet, el principal compañero justamente de Jacques Maritain (y considerado por muchos y por mucho tiempo como de la más estricta observancia tomista). Y, viéndolo, como escribe el Padre Calderón en uno de sus libros, “es difícil pensar que Journet diga esto sin plena advertencia de estar falseando el pensamiento del Doctor Angélico”. En efecto, en su obra La juridiction de l’Église sur la Cité,[1] el entonces futuro Cardenal afirma que lo que se lee en dicho pasaje de Santo Tomás es el “principio supremo” de la política cristiana. Y prosigue: “De este principio supremo, cuyas consecuencias son incalculables, se deduce inmediatamente que, siendo la Iglesia de derecho divino y las diferentes formas de la sociedad civil de derecho humano, la Iglesia y la Ciudad [esta también con mayúscula, como conviene a un humanista] serán al mismo tiempo distintas y ordenadas entre sí, como lo son la naturaleza y la gracia. Los dos principios próximos de la política cristiana son la distinción entre la Iglesia y la Ciudad, y la subordinación de la segunda a la primera” (pp. 26-27). Hay que ver, sin embargo, de qué distinción o subordinación se trata. En primer lugar, la distinción: “Se debe llamar temporal, con todos los teólogos, a lo que es ordenado, como a su fin inmediato y primero, al bien común (material y moral) de la ciudad terrestre, bien este que concierne sustancialmente al orden natural […]. Y se debe llamar espiritual, con los teólogos, al que es ordenado como a su fin inmediato y primero al bien común sobrenatural de la Iglesia” (ibid., pp. 28-29) De donde, en segundo lugar, este tipo preciso de “subordinación” del material al espiritual: si la ciudad tiene una “soberanía esencial” sobre las cosas temporales, tendrá una “subordinación accidental” con respecto a la Iglesia, “en la medida en que las cosas de que [el poder político] se ocupa, y que son regularmente temporales, vienen a ser ocasionalmente espirituales” (ibid., pp. 70-72); razón por la que “el fin de la Iglesia, lejos de englobar el fin del Estado, permanece absolutamente distinto” (idem, p. 75). Más aún: con respecto al citado texto de la Suma, afirma Journet que es un “principio fundamental de Santo Tomás como expresión” nada menos que “del pensamiento tradicional de la Iglesia” (ibid., p. 40).
Aquí, digamos tan solo, sucintamente: primero, que lo que es subordinación accidental no es, en verdad, subordinación propiamente dicha, que siempre será per se o esencial; segundo, que ni mediante el mejor recorte del mundo tal principio es “expresión del pensamiento tradicional de la Iglesia”, como ya lo veremos. Hay que ver, no obstante, si al menos es un “principio  fundamental de Santo Tomás”.
Pero no puede serlo, dado que al referido pasaje de II-II, q. 10, a. 10 siguen inmediatamente (insistimos: inmediatamente, como próximas frases del mismo párrafo de la Respuesta) estas palabras: “Por ello, la distinción entre fieles e infieles, considerada en sí misma, no suprime el dominio o gobierno de los infieles sobre los fieles. Sin embargo [¡atención!], el derecho de dominio o gobierno puede suprimirlo una sentencia u orden de la Iglesia, [¡atención!!] cuya autoridad viene de Dios, porque [¡atención!!!] los infieles, en razón de su infidelidad, merecen perder el poder [potestatem] sobre los fieles [¡atención!!!!], que se transforman en hijos de Dios”. No puede serlo, además, porque, de lo alto de su inigualable realismo y sentido común, dice el Aquinate (en el mismo artículo, ad 2) “que el gobierno [praelatio] de César preexistía a la distinción entre fieles e infieles y no cesaba con la conversión de algunos a la fe”, y, más que eso, que “era útil que algunos fieles hicieran parte de la casa del Emperador para la defensa de otros fieles. Así, el bienaventurado Sebastián,  cuando veía a los cristianos desfallecer en sus tormentos, los confortaba, continuando, oculto bajo la clámide militar, a formar parte de la familia de Diocleciano”. Y no puede serlo, por último, porque dice también el Aquinate (en el mismo artículo, ad 3) “que los esclavos están sujetos a sus señores por toda la vida, y los súbditos a sus superiores; pero los ayudantes de los artífices les están sujetos [solamente] para determinados trabajos. Por tanto, es más peligroso que los infieles reciban dominio o gobierno sobre los fieles que una colaboración en algún servicio especial. [...] Salomón también pidió al rey de Tiro maestros de obras para que cortaran madera, como se lee en III Reyes, V, 6. Y, sin embargo, si de tal comunión o convivencia se teme la ruina de los fieles, debe esta prohibirse totalmente”.
Pero detengámonos en la doctrina del Doctor Angélico a respecto de este tema, para saber por qué puede afirmar lo que acabamos de leer. Ahora bien, ya decía Aristóteles que “Debemos considerar de qué modo la realidad del universo posee lo bueno y lo óptimo, si como algo separado en sí y por sí, o como el orden, o aun de ambos modos, como ocurre con un ejército.  De hecho, el bien del ejército está en el orden, pero también está en el general; primero, más en este que en aquel, porque el general no existe en virtud del orden, sino el orden en virtud del general. Todas las cosas están de cierto modo ordenadas en conjunto, si bien no todas del mismo modo: peces, aves, plantas; y el ordenamiento no ocurre de modo que una cosa no tenga relación con otra, sino de modo que haya algo común [entre ellas]. De hecho, todas las cosas están coordinadas hacia un único fin. Así, en una casa, a los hombres libres no cabe actuar al azar; por el contrario, todas o casi todas sus acciones son ordenadas [...]. Quiero decir que todas las cosas, necesariamente, tienden a distinguirse; pero, en otros aspectos, todas tienden hacia el todo”.[2] Por ello, con todavía mucha más razón formal, habla Santo Tomás de la ordenación de las pólis a Dios como ordenación a Cristo y su Iglesia. Partiendo de la imposibilidad de que cualquier ente, y pues el hombre, tenga dos fines últimos, y del hecho de que, si solamente tiene un fin último, todos los demás fines han de ser intermedios o medios en orden esencial al último fin, el Doctor Angélico muestra mediante tres analogías cómo el poder civil se ordena al poder eclesiástico: aquel se ordena esencialmente a este así como el cuerpo se ordena esencialmente al alma en el compuesto humano; así como la naturaleza se ordena esencialmente a la gracia en el justo; y, por fin, así como la razón se ordena esencialmente a la fe en la Sagrada Teología.[3]
No obstante, si aquel principio humanista no es un “principio fundamental” de la doctrina de Santo Tomás, debemos ver si no lo será al menos de las Escrituras.


II

“Alabad a Yahvé desde los cielos, alabadlo en las alturas. Ángeles suyos, alabadlo todos; alabadle todos, ejércitos suyos. Alabadle, sol y luna; lucientes astros, alabadle todos. Alabadle, cielos de los cielos y aguas que estáis sobre los cielos: alaben el Nombre de Yahvé, porque Él lo mandó, y fueron creados. Él los estableció para siempre y por los siglos; dio un decreto que no será transgredido. Alabad a Yahvé desde la tierra, monstruos marinos y todos los abismos; fuego y granizo, nieve y nieblas, vientos tempestuosos, que ejecutáis sus órdenes; montes y collados todos, árboles frutales y todos los cedros, bestias salvajes y todos los ganados, reptiles y volátiles; reyes de la tierra y pueblos todos, príncipes y jueces todos de la tierra; los jóvenes y también las doncellas, los ancianos junto con los niños. Alaben el Nombre de Yahvé, porque sólo su Nombre es digno de alabanza; su majestad domina la tierra y los cielos [...].” Así dice el Salmo 148. Y de forma semejante dicen otros Salmos, como el 2: “¿Por qué se amotinan las gentes, y las naciones traman vanos proyectos? Se han levantado los reyes de la tierra, y a una se confabulan los príncipes contra Dios y su Ungido: «Rompamos (dicen) sus coyundas, y arrojemos lejos de nosotros sus ataduras». El que habita en los cielos [...] les hablará en su ira, y en su indignación los aterrará: «Pues bien, soy Yo quien ha constituido a mi Rey sobre Sión, mi santo monte». [...] Ahora, pues, oh reyes, comprended; instruíos, vosotros que gobernáis la tierra. Sed siervos de Yahvé con temor y alabadle, temblando, besad sus pies [...].” Y el 7: “[...] Levántate a mi favor en el juicio que tienes decretado. Rodéete la congregación de los pueblos y siéntate sobre ella en lo alto. Yahvé va a juzgar a las naciones [...].” Y el 9, I: “Has reprendido a los gentiles y aniquilado al impío, borrado su nombre para siempre. [...] reducidos a perpetua ruina; has destruido sus ciudades […]. He aquí que Yahvé se sienta para siempre, ha establecido su trono para juzgar. Él mismo juzgará el orbe con justicia, y gobernará a los pueblos con equidad [...].” Y también el 9, II: “[...] Arroja, Señor, sobre ellas el terror, oh Yahvé, ¡que sepan los gentiles que son hombres! [...] Yahvé es Rey para siglos eternos; los gentiles fueron exterminados de su tierra. [...]” Podrían multiplicarse aquí, innumerablemente, las citas del Antiguo Testamento en que Dios aparece como Rey y Juez de las naciones y de los pueblos, y estos, sus reyes, y sus príncipes, y sus propios juicios como debiendo prestarle, a Sus pies, la debida gloria y alabanza.
Ahora bien, Nuestro Señor Jesucristo, a) por derecho de nacimiento eterno y de consubstancialidad divina,[4] b) por descendencia carnal de David y c) por derecho de conquista, rescate y redención mediante su misma Pasión y Muerte en la Cruz –por todo ello, Nuestro Señor Jesucristo heredó la suprema Realeza y Magistratura sobre toda la tierra y sus naciones, sus pueblos, sus príncipes, sus jueces. Lo dice Él mismo, resucitado, en un monte de Galilea, a algunos Apóstoles que dudaban: “Omnia potestas data est mihi in coelo et in terra” (“Todo poder me ha sido dado en el cielo y sobre la tierra”) (Mat., XXVIII, 18).
En efecto, ser rey es tener ordenados a sí todos sus súbditos, así como ser general es tener ordenados a sí todos sus subordinados.[5] Se rebela, sin embargo, el católico humanista,[6] blandiendo ahora otros dos pasajes de los Evangelios que parecen, de forma definitiva, darle toda la razón:
a) “Dad, pues, al César”, dice Nuestro Señor mismo, “lo que es del César, y a Dios  lo que es de Dios” (Mat., XXII, 21);
b) “Mi reino no es de este mundo”, dice el Redentor a Pilatos; “Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores combatirían a fin de que Yo no fuese entregado a los judíos. Mas ahora mi reino”, insiste, “no es de aquí” (Juan, XVIII, 36).
O sea, en medio de su afán recortador, quiere creer nuestro católico humanista que con esos dos pasajes se afirman dos verdades esencialmente liberales:
a) Hay dos poderes, uno sobrenatural (o espiritual, representado por la Iglesia) y otro temporal (representado por los poderes terrenos), y no hay ordenación esencial de este a aquel, habiéndola como máximo accidental o indirecta. En otras palabras: Dios y el César, cada uno en su ámbito y cada uno con su fin.[7]
b) El reino de Cristo es, según las mismas palabras de Nuestro Señor, puramente sobrenatural –o espiritual, y se ejerce sobre todo en lo íntimo del alma de cada fiel. A lo largo de muchos siglos de embestida del “catolicismo” humanista-liberal, viene sirviendo este último fundamento para cimentar la “verdad” anterior, porque, en efecto, si el fin último de cada hombre es la beatitud de la visión cara a cara de Dios, entonces bastaría, para tal efecto, con que el reino de Cristo se ejerciera en el dominio de las almas individuales.
Ocurre, sin embargo, que ante todo niegan las mismas Escrituras. En efecto, si así no fuera, no se sabría por qué dijo Cristo que le “fue dado todo poder en el cielo y en la tierra”, y no “todo el poder en el cielo y ‘en las almas humanas’”; ni porque el mismo Cristo nos mandó rezar “venga a nosotros tu reino, así en la tierra como en el cielo”. Naturalmente, la tierra incluye aquí a las almas humanas. Pero, si solamente de ellas se tratara, no se comprendería la razón del uso de tal generalidad local. Además, después de que Nuestro Señor dijera que su reino “no es de este mundo”, Le retruca Pilatos: “Ergo, rex es tu” (“¿Conque Tú eres rey?”). A lo que responde Jesús: “Tú lo dices: Yo soy rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo, a fin de dar testimonio a la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Juan, XVIII, 37). Ahora bien, con este “nací y para esto vine al mundo, a fin de dar testimonio de la verdad” Jesús reclama “no tanto el derecho de soberanía divina de la segunda persona de la Santísima Trinidad” (Jean Ousset, Pour qu’Il regne, París, La Cité Catholique, 1959); se trata, más bien, del derecho soberano descrito en una visión: “Porque un Niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado, que lleva el imperio sobre sus hombros. Se llamará Maravilloso, Consejero, Dios poderoso, Padre de la eternidad, Príncipe de la paz. Se dilatará su imperio, y de la paz no habrá fin. (Sentaráse) sobre el trono de David y sobre su reino, para establecerlo y consolidarlo mediante el juicio y la justicia, desde ahora y para siempre jamás. El celo de Yahvé de los ejércitos hará esto” (Is., IX, 6-7). El mismo derecho de soberanía visto, aún más claramente, por Daniel: “Seguía yo mirando en la visión nocturna, y he aquí que vino sobre las nubes del cielo Uno parecido a un hijo de hombre, el cual llegó al Anciano de días, y le presentaron delante de Él Y le fue dado el señorío, la gloria y el reino, y todos los pueblos y naciones y lenguas le sirvieron. Su señorío es un señorío eterno que jamás acabará, y su reino nunca será destruido” (Dan., VII, 13-14). En efecto, como escribe San Buenaventura, “es en cuanto hombre que el Salvador se magnificó por encima de todos los reyes de la tierra a causa de la asunción de su Humanidad en la unidad de una persona divina”.[8] “El alma de Cristo”, dice por su parte Santo Tomás, “es alma de rey; rige a todos los entes, porque la unión hipostática la pone por encima de toda criatura.”
Señalemos, asimismo, que:
a) Es impreciso afirmar, sin más, que el fin último del hombre sea la beatitud o visión cara a cara de Dios. Como dice el Padre Calderón, se debe “aclarar que el fin último en sentido propio es Dios en sí mismo, y que «la beatitud se dice fin último en el sentido en que la obtención del fin se llama fin»” (I-II, q. 3, a. 1, ad 3). Ahora bien, esta imprecisión aparentemente pequeña tiene gran implicación en la visión  “católica” humanista que nos ocupa. Basados en esta es que incluso los católicos humanistas que más se acercan a la verdadera doctrina de la Iglesia se olvidan de que toda nuestra vida debe servir ante todo para la gloria de Dios y que nuestra salvación es precisamente consecuencia de ese rendir gloria a Cristo Rey con toda el alma y el corazón.
b) El reino de Cristo, así en la tierra como en el cielo, así en las almas de este valle de lágrimas como en las almas ya en la gloria o unidas a  su cuerpo en la Jerusalén Celeste, es el reino de la Verdad, como lo dice Nuestro Señor mismo a Pilatos. Ahora bien, aunque la falsedad comporte grados, no así la verdad; o es integral, o simplemente no es verdad. Luego, el reino de la Verdad será total, o no lo será.
c) Luego, el reino de Cristo de hecho no es de este mundo, pero se ejerce sobre este mundo.
d) Más aún: el Reino de Cristo es la misma Iglesia (“Regnum Christi, quod est Ecclesia”, Catecismo del Concilio de Trento).[9] Ya lo había dicho Tobías en su profecía sobre Jerusalén, que es figura de la Iglesia: “Brillarás con luz esplendorosa, y todos los países de la tierra se prosternarán delante de ti. Vendrán a ti naciones lejanas; trayendo dones adorarán en ti al Señor, y tendrán tu tierra por santuario. [...] Malditos los que te desprecian; serán condenados todos los que te blasfemaren y benditos los que te reedifiquen” (Tob., XIII, 13-16).
e) Y más aún: porque la Cristiandad y sus ciudades son parte de la Iglesia, Jerusalén también es figura suya. Y recordemos que fue sobre una Jerusalén apóstata y destinada a la ruina que lloró su mismo Rey.
Así pues el reino de Cristo es el Reino de la Verdad; y, como Él mismo nos enseñó, debemos pedirle que venga a nosotros su reino, y que se haga la voluntad de su Rey, “así en la tierra como en el cielo”. Más claro imposible: la voluntad de un rey es imperio, y la que se manda cumplir en el Padrenuestro es la de un rey cuyo reino, insistimos, no es de este mundo, pero se ejerce sobre este mundo –desde el interior de las almas individuales hasta la multitud de los individuos humanos que constituyen las ciudades. Es más, lo dice, como ya vimos, el mismo Cristo resucitado: “Omnia potestas data est mihi in coelo et in terra”. Con ello se derrumban los fundamentos de los que quieren ver en las palabras de Cristo “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” la confirmación de su tesis humanista de subordinación como máximo indirecta del poder temporal al espiritual.
No obstante, para que se evidencie tal derrumbamiento, es preciso demostrar antes que de hecho Nuestro Señor Jesucristo no se contradice al enunciar los dos pasajes arriba mencionados (como si tal cosa fuera posible…). Y ello se hace mostrando:
● primero, que de hecho Cristo instituyó dos jurisdicciones —una, la del César; y otra, la de la Iglesia;[10]
● y, después, que, por más que se pueda decir que la potestad de la Iglesia sobre la del César es, secundum quid, indirecta, la jurisdicción civil, como ya se vio, se ordena esencialmente y no accidental o indirectamente a la eclesiástica.
En efecto, una confirmación de que Jesús se dice rey no solamente del interior de las almas humanas sino también sobre las ciudades de los hombres, nos la proporcionan los mismos judíos, quienes, después del diálogo entre Pilatos y Nuestro Señor en el que aquel le pregunta a Este si es rey y Él responde que sí “Tú lo dices: Yo soy rey”, concluyen: “¿Que otro testimonio nos es necesario? Nosotros mismos lo oímos [o sea, que Jesús se dijo rey] de su propia boca”. Ahora bien, si tanto el horizonte de Pilatos como el de los judíos es aquí, de manera patente, el de los reinos terrestres, el de Cristo, aunque no se ciña, todo lo contrario, a aquel, obviamente también lo incluye, porque de otro modo Él ni siquiera hubiera asentido, aunque tan solo fuera vagamente, a la pregunta del romano. Y el importantísimo capítulo V del Apocalipsis no hará sino confirmar lo que decimos. Lo citamos íntegramente (las negritas y los corchetes son nuestros): “Y vi en la diestra de Aquel que estaba sentado sobre el trono [Dios Padre, cuya realeza Cristo hereda por derecho de nacimiento eterno y de consubstancialidad divina] un libro, escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos. Y vi a un ángel poderoso que, a gran voz, pregonaba: “¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos?” Y nadie en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra, podía abrir el libro, ni aún fijar los ojos en él. Y yo lloraba mucho porque nadie era hallado digno de abrir el libro, ni de fijar en él los ojos. Entonces me dijo uno de los ancianos: “No llores. Mira: el  León de la tribu de Judá [Cristo, rey por descendencia carnal], la raíz de David, ha triunfado, de suerte que abra el libro y sus siete sellos. Y vi que en medio delante del trono y de los cuatro vivientes y de los ancianos estaba de pie un Cordero [Cristo, rey por derecho de conquista, rescate y redención mediante su misma Pasión y Muerte en la Cruz] como degollado, que tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios en misión por toda la tierra. El cual vino y tomó (el libro) de la diestra de Aquel que estaba sentado en el trono. // Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero, teniendo cada cual una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos. Y cantaban un cántico nuevo, diciendo: “Tú eres digno de tomar el libro, y de abrir sus sellos; porque Tú fuiste inmolado, y con tu sangre compraste para Dios (hombres) de toda tribu y lengua y pueblo y nación; y los has hecho para nuestro Dios un reino y sacerdotes [¿qué mejor comprobación de que el poder temporal y el espiritual, la ciudad y la Iglesia, son dos coprincipios, esencialmente ordenados el uno al otro?], y  reinarán sobre la tierra [precisamente, como poder temporal y espiritual en cuanto coprincipios]. // Y miré y oí voz de muchos ángeles alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos; y era el número de ellos miríadas de miríadas, y millares de millares; los cuales decían a gran voz: Digno es el Cordero que fue inmolado de recibir virtud [o sea, la potestad o poder], riqueza, sabiduría, fuerza, honor, gloria y alabanza. // Y a todas las creaturas que hay en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que hay en ellos oí que decían [tal como en el Salmo 148 son convocadas a hacer]: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Y los cuatro vivientes decían: “Amén”. Y los ancianos se postraron y adoraron”.
Examinemos, finalmente, los dos últimos pasajes muy citados por los católicos humanistas en favor de su tesis: a) Romanos XIII, 1-7; y b) I Pedro, II, 13-17. Según ellos, tales pasajes probarían suficientemente la autonomía de la jurisdicción temporal, y que, por tanto, razón tenía Dante al afirmar que el Imperio y la Iglesia son dos poderes independientes y respectivamente vinculados a los dos fines últimos del hombre, uno natural y otro sobrenatural. Veámoslo, pero diciendo desde ya: tal conclusión no pasa de una media verdad, razón por la que no es verdad alguna.
a) “Todos han de someterse”, escribe San Pablo, “a las potestades superiores; porque no hay potestad que no esté bajo Dios, y las que hay han sido ordenadas por Dios. Por donde el que resiste a la potestad, resiste a la ordenación de Dios; y los que resisten se hacen reos de juicio. Porque los magistrados no son de temer para las obras buenas, sino para las malas. ¿Quieres no tener que temer a la autoridad? Obra lo que es bueno, y tendrás de ella alabanza; pues ella es contigo ministro de Dios para el bien. Mas si obrares lo que es malo, teme; que no en vano lleva la espada; porque es ministro de Dios, vengador, para (ejecutar) ira contra aquel que obra el mal. Por tanto es necesario someterse, no solamente por el castigo, sino también por conciencia. Por esta misma razón pagáis también tributos; porque son ministros de Dios, ocupados asiduamente en este asunto. Pagad a todos los que les debéis: a quien tributo, tributo; a quien impuesto, impuesto; a quien temor, temor; a quien honor, honor.”
b) “A causa del Señor, sed sumisos”, escribe a su vez San Pedro, “a toda humana institución, sea el rey como soberano, o a los gobernadores, como enviados suyos para castigar a los malhechores y honrar a los que obran bien. Pues la voluntad de Dios es que obrando bien hagáis enmudecer a los hombres insensatos que os desconocen (comportándoos) cual libres, no ciertamente como quien toma la libertad por velo de la malicia, sino como siervos de Dios. Respetad a todos, amad a los hermanos, temed a Dio, honrad al rey.”
Ahora bien, de estos dos pasajes no se pueden inferir sino los siguientes corolarios inmediatos:
● Dios instituyó, efectivamente, como vimos, dos jurisdicciones;
● la misma jurisdicción temporal y sus poderes provienen ambos de Dios;
● los cristianos deben sumisión, obediencia y honra a los reyes o príncipes en la misma medida  en que estos, como ministros de Dios, alaban a los que practican el bien y traen la espada para la vendetta, o sea, para castigar a los que hacen el mal;
● pero no deben hacerlo por temor al mal, porque, en efecto, como ya decía Aristóteles,[11] gran diferencia hay entre un acto justo (por ejemplo, pagar una deuda porque se tiene miedo del acreedor) y un acto de justicia (por ejemplo, pagar una deuda porque se está convencido de que siempre es justo pagar lo debido); y porque, además, si la Antigua Ley obligaba sobre todo en el acto exterior, la Nueva obliga sobre todo en el acto interior;[12]
● ni mucho menos los cristianos deben proceder con malicia, usando la libertad como rebozo para ocultar un mal proceder (y precisamente no es otra cosa lo que se hace en el reino de lo democrático-liberal), pero como hombres verdaderamente libres, o sea, como siervos de Dios, puesto que ser siervo de Dios es no ser esclavo de las pasiones, los pecados, el demonio.
Por otro lado, de estos dos pasajes no se pueden inferir las dos proposiciones que se siguen:
> la jurisdicción temporal y sus poderes no se ordenan esencialmente al poder espiritual —porque, en efecto, el mero hecho de que esta jurisdicción haya sido instituida por Dios mismo y de que sus poderes provengan de Él indica más bien lo contrario, o sea, que tales poderes, por el mismo hecho de provenir de Dios, le deben ordenación y sumisión a Él y, por consiguiente, al poder espiritual que Cristo mismo instituyó directamente (la Iglesia);
> los cristianos deben obedecer y honrar a los reyes terrenos siempre —porque afirmarlo sería decir que los cristianos deben obedecer a estos reyes aun cuando quieran obligarlos a desobedecer la ley natural (o sea, la parte de la ley eterna que rige la vida moral de los hombres) y la ley divina positiva o eclesiástica (o sea, la ley del Espíritu Santo positivada); en otras palabras, cuando quieran obligarlos a obedecer leyes humanas inicuas.[13]
Además de ello, lo que los católicos humanistas nunca vieron en estos dos pasajes es lo que se puede inferir sin gran dificultad de este pequeño paso de San Pedro: para “que, obrando bien, hagáis enmudecer a los hombres insensatos”, o sea, a aquellos mismos hombres que condenarían tantos cristianos al martirio. Ahora bien, el enmudecimiento de la ignorancia de estos insensatos, mucho más que un modo de evitar el martirio (que, al fin y al cabo, siempre es para el cristiano una palma de victoria), sería claramente la antesala de su conversión. No se puede sensatamente dudar de que, tras haberles hablado Cristo resucitado, y tras haberles sido enviado en Pentecostés el Espíritu Santo, supieran los Apóstoles que los insensatos paganos romanos un día se rendirían a Cristo y su Vicario. No por nada San Pedro, auxiliado por San Pablo, enraizará la Iglesia en el suelo de la Ciudad “Eterna”: por cierto, estaban ellos divinamente orientados a poner la Piedra en el centro de una civilización que la misma Providencia Divina había preparado para que, al precio de la efusión lustral de la sangre cristiana, fuera bautizada y diera paso a la Cristiandad.
Si bien aquel principio humanista no es un “principio fundamental” de la doctrina de Santo Tomás ni de las Escrituras, hay que averiguar si no lo es, como quería el Cardenal Charles Journet, del magisterio de la Iglesia.
  
III

los documentos papales[14] representativos de la posición verdaderamente católica respecto a las relaciones entre Iglesia y ciudad –posición en todo punto contraria a la de los humanistas integrales–, hablan por sí solos. Nos basta, pues, con presentar una relación de los que parecen más importantes. Hela aquí:

• Documento de excomunión y deposición de Enrique IV (San Gregorio VII);
• Epístola Sicut universitatis (Inocencio III);
• Bula Unam Sanctam (Bonifacio VIII);
• Constitución Licet iuxta doctrinam (Errores de Marsilio de Padua y de Juan de Jandún sobre la constitución de la Iglesia; Juan XX);
• Encíclica Quanta cura (Pío IX);
• El Syllabus (Errores sobre la Iglesia y sus derechos; Errores sobre la sociedad civil considerada bien en sí misma, bien en sus relaciones con la Iglesia; Errores sobre el principado civil del Romano Pontífice; Pío IX);
• Encíclica Etsi multa luctuosa (Pío IX);
• Encíclica Quod Apostolici muneris (Pío IX);
• Encíclica Diuturnum illud (León XIII);
• Immortale Dei (León XIII);
• Encíclica Libertas, praestantissimus (León XIII);
• Encíclica Sapientiae christianae (León XIII);
• Encíclica Annum Sacrum (León XIII);
• Encíclica Rerum novarum (León XIII);
• Encíclica Graves de Communi Re (León XIII);
• Encíclica Vehementer Nos (S. Pío X);
• Encíclica Ubi arcano (Pío XI);
• Encíclica Quas primas (Pío XI);
• Encíclica Divini illius magistri (Pío XI);
• Encíclica Quadragesimo anno (Pío XI);
• Encíclica Firmissimam constantiam (Pío XI);
• e Encíclica Summi Pontificatus (Pío XII).

A guisa de conclusión, empero, dejamos consignados aquí estos cinco marcos del magisterio de la Iglesia que por sí solos bastan para condenar la visión “católica” humanista sobre la relación entre el poder civil y el eclesiástico:

1) “[La Iglesia tiene en su poder dos espadas (o gladios)], la espada espiritual y la espada temporal. Pero esta última debe usarse para la Iglesia, mientras que la primera debe usarse por la Iglesia. La espiritual debe manejarla la mano del sacerdote; la temporal, la mano de los reyes y los soldados, pero según el imperio y la tolerancia del sacerdote. Una espada debe estar bajo la otra espada, y la autoridad temporal debe estar sumisa al poder espiritual” (Bonifacio VIIIUnam Sanctam).
2) “Los que en el gobierno de los estados pretenden desconsiderar las leyes divinas desvían el poder político de su propia institución y del orden prescrito por la misma naturaleza” (león XIII, Libertas Præstantissimum).
3) No, la civilización no está por inventar ni la «ciudad» nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la «ciudad» católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedadOmnia instaurare in Christo” (San Pío XNotre charge apostolique).
4) “En el juicio final, Jesucristo acusará a los que lo expulsaron de la vida pública y, en razón de tal ultraje, aplicará la más terrible venganza” (Pio XI, Quas Primas).
5) “Nos percibimos la numerosa clase de aquellos que consideran los fundamentos específicamente religiosos de la civilización cristiana [...] sin valor objetivo [para los días de hoy], pero a quienes les gustaría conservar el brillo exterior de esta para mantener de pie un orden cívico que no podría pasar sin tal. Cuerpos sin vida, acometidos de parálisis, son ellos mismos incapaces de oponer nada a las fuerzas subversivas del ateísmo” (Pío XIIDiscurso a la Unión Internacional de las Ligas Femeninas Católicas).



[1] Paris, Desclée, 1931.
[2] Metafísica, Λ 10, 1075 a 11-25.
[3] Para estas analogías, cf. Santo Tomás de AquinoDe regimini principum, Lib. I, cap. 5; Suma Teológica, II-II, q. 60, a. 6, ad 3; y Padre Álvaro CalderónEl Reino de Dios en el Concilio Vaticano II, versión en PDF, pp. 16-24.
[4] “En el principio el Verbo era, y el Verbo era junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él era en el principio junto a Dios: Por Él, todo fue hecho, y sin ÉL nada se hizo de lo que ha sido hecho” (Juan, I, 1-2).
[5] Cf. la citación de Aristóteles más arriba.
[6] Recordemos siempre que no puede haber “catolicismo” humanista o liberal sino al modo de un cáncer.
[7] Como lo afirma Dante en su De Monarchia, y como afirmarán tantos humanistas no católicos, tantos católicos más o menos contaminados de humanismo y liberalismo, y aun (por razones que se explicarán en otro momento, y siempre en contradicción con sus mismos principios) destacados católicos antiliberales: en el primer grupo, por ejemplo, Marsilio de Padua; en el segundo, por ejemplo, Francisco de Victoria, Francisco Suárez, Charles Journet (como ya vimos), Jacques Maritain (idem), Louis Lachance, Étienne Gilson; en el tercero, también por ejemplo, el gran Cardenal Billot, el mismo que renunció al cardenalato después de la condenación de Maurras y de la Action Française por Roma.
[8] Serm. I in dom. Palm. IX, 243a.
[9] IV part., cap. II, § 73.
[10] Con ello, dígase de pasaje, Cristo resolvía un dilema de Platón, que ansiaba un gobierno de filósofos: “Si los filósofos no reinan en las ciudades, o no coinciden la filosofía y el poder político, no habrá tregua para los males de las ciudades, ni para los del género humano” (La República, 473; cf. Padre Álvaro Calderón, “El gobierno de los filósofos. La solución cristiana al dilema de Platón”, en A la luz de un ágape cordial, SS&CC ediciones, Mendoza 2007, pp. 101-132). Era la manera posible de que un pagano percibiera las cadenas por las que estaba ligado su mundo, y que por las Escrituras sabemos que son cadenas del demonio: en efecto, a tal punto esclavizaba él al mundo  antiguo, que, como dice el mismo Padre, “pudo ofrecer a Cristo todos los reinos de la tierra: ‘Omnia tibi dabo’ (Mt., IV, 9)”.
[11] Cf. Ética Nicomaqueia, V, 1, 1129a 3-26; 2, 1129a 26-10, 1135a 14; 10, 1135a 15-15, 1138b 5; 14, 1137a 31-15, 1138b 13.
[12] Cf. Santo Tomás de AquinoSuma Teológica, I-II, cuestiones 98-108, especialmente esta última.
[13] En cuanto a los grados de esta iniquidad y en cuanto a si los cristianos deben, por razones de prudencia, obedecer en foro externo a leyes menos inicuas, cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, cuestión 96, especialmente el artículo 4.

[14] Nunca es ocioso recordar que, como definido por el Concilio Vaticano I, mientras que las Escrituras y la Tradición son regula fidei quoad nos remota, el magisterio de la Iglesia es, por la asistencia del Espíritu Santo, regula fidei quoad nos proxima (cf. J. Salaverri SI, Tractatus de Ecclesia, en “Sacrae Theologiae Summa”, BAC, tomo I, 1962, n. 806, p. 754). Luego, en cuanto asistidos de algún modo por el Espíritu Santo, de ninguna manera pueden los documentos pontificios contradecir en nada las Sagradas Escrituras ni la Tradición.